Autismo en DSM-IV vs. DSM-V


Las siglas DSM provienen de “Diagnostic and Statistic Manual of Mental Disorders” es decir, un Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales. También se le llama la Biblia del psiquiatra, al menos del psiquiatra norteamericano. 

En la actualidad se trabaja con versiones revisadas y corregidas del DSM-IV y se está trabajando en el DSM-V, es decir la quinta edición de esta prestigiosa herramienta. 


Tiene una enorme importancia porque este manual es básico para las compañías de seguros, para el gobierno, para los médicos y por supuesto para las personas afectadas y sus familias. Está estructurado como una serie de criterios que en función de que se cumplan o no establecen si alguien tiene o no tiene un trastorno determinado. Por tanto, hay presiones en sentidos muy variados (las familias quieren diagnósticos menos estrictos que aseguren a todos los servicios sanitarios y sociales y los gobiernos y compañías aseguradoras se mueven en sentido opuesto para limitar el coste total de dichos servicios). 

Hay voces que dicen que la continua ampliación de criterios y la inclusión de nuevos trastornos va a hacer que sean más las personas afectadas de un trastorno mental que las que podemos considerar sanas o “normales” algo ciertamente preocupante. Si normal es lo que sigue la “norma”, lo más común, pronto empezaremos a dudar de cuál es la normalidad. 

Hay muchos campos en debate y el autismo es uno de ellos.En lo único que parece haber un acuerdo es en la conveniencia de cambiar los criterios diagnósticos a la luz de los nuevos resultados de investigación pero hay cierto miedo a una reformulación que pueda suponer un cambio muy llamativo. 

La definición de autismo en el DSM-IV fue liderada por Fred Volkmar de la Universidad de Yale, se realizó en 1994 y se basó en el estudio de unos 1.000 casos. La definición para el DSM-V está liderada por Francesca Happé del Kings’ College de Londres. 

 Según Volkmar, su propuesta pretendía conseguir un difícil equilibrio: por un lado, establecer unos criterios lo más ajustados y rigurosos posibles y por otro, que esos criterios incluyeran la situación de las personas afectadas a distintas edades (no todos llegan al momento del diagnóstico a la misma edad), distintos niveles de cociente de inteligencia (IQ) y que estableciesen un marco que fuese adecuado tanto para el trabajo clínico como para el de investigación. 

Entre los aspectos controvertidos fue la inclusión del síndrome de Asperger y de una categoría que actuaba como una especie de cajón de sastre para los casos por debajo de los umbrales establecidos que se llamó los trastornos permanentes del desarrollo, no especificados de otra manera (PDD-NOS). 

La idea, según Volkmar, fue prestar apoyo a aquellas personas que no cumplían todos los criterios y aún así tenían un déficit frente al resto de la población. El DSM-IV estableció doce criterios diagnósticos y si se cumplían seis de esas características, se establecía el diagnóstico de autismo. Las variaciones de esos doce elementos permitían formar más de 2.000 combinaciones diferentes. 

Los borradores actuales del DSM-V buscan concentrar las distintas descripciones en un única categoría: trastorno del espectro autista, en vez de tres. Para ello se combinarían y reducirían criterios, simplificando enormemente el número de combinaciones que pueden dar lugar a un diagnóstico de TEA. 

Según Volkmar, pasar de diagnóstico de autismo a trastorno del espectro autista dará una imagen más amplia, más inclusiva, cuando en realidad es lo contrario: criterios más estrictos y menor número de personas consideradas afectadas por un trastorno autista. Volkmar, que es crítico con lo que se está haciendo con el DSM-V decidió reanalizar los datos del trabajo de campo que había reunido con aquellos 1.000 casos de autismo.

Su conclusión es que con los nuevos criterios muchos de ellos, especialmente los que son más capaces intelectualmente, quedarían fuera del diagnóstico y, por lo tanto, fuera de los servicios médicos y asistenciales que les corresponderían con los criterios del DSM-IV actualmente en vigor. Un segundo problema es que será muy difícil comparar los estudios realizados a partir del DSM-V con los publicados con anterioridad. Ello puede forzar a tener que reinvestigar muchos de los conocimientos actuales sobre el autismo, con la consiguiente pérdida de tiempo, esfuerzo y dinero. 

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